About AWIS Career Development News & Events Publications AWIS Store
AWIS - Association for Women in Science Home   |   Contact Us   |   Site Map    
AWIS Magazine
Washington Wire
Media Kit
AWIS Books & Reports
Join AWIS
Join AWIS
Publications

El camino a ser racional

by Lorraine J. Daston

Debo introducir esta anécdota personal sobre mis experiencias como estudiante y tiempo después como profesora de historia de ciencias. En ningún campo son las trayectorias de entrada tan zigzagueantes y divergentes como aquellas que conducen a las carreras en historia de ciencias. Porque que casi nada humano –– o natural –– es ajeno a la historia de ciencias, y dado que universidades e instituciones de educación superior raramente ofrecen programas de grado en esta área, los historiadores de ciencias provienen de los antecedentes de las ciencias, historia, filosofía, sociología y hasta literatura. Por lo tanto ninguna experiencia cuenta como típica, por lo menos no las mías. Ni pueden ser las generalizaciones pedagógicas basadas en esa experiencia sin solicitar un gran ejemplo. Con tal advertencia, ofrezco mis experiencias y observaciones como ese dispositivo no digo de confianza estadística, como ejemplo de algunas.

Como la gran mayoría de los estudiantes de preparatoria (y consecuentemente, estudiantes universitarios), me enseñaron sólo unos cuantos párrafos sobre la historia de ciencias en las bastas horas que pasé en las clases de química, biología, física y matemáticas. Esas fueron las oraciones de alabanza y culpa que contenían las introducciones de los libros. Estaban fascinados; estas narrativas condensadas de Galileo y Darwin, de Gauss y Mendel, para ellos estaban llenas de heroísmo mental –– una alternativa optimista para aquellos que éramos mejor para álgebra que en el campo de jockey. Pero por ese preciso motivo, estos breves cuentos de verosimilitud exitosa y el error vencido tendrían duramente una inspiración para los mejores estudiantes de las carreras en historia de ciencias, aún si hubiéramos conocido que era tal cosa. Nos consumimos con la ambición de volvernos los sujetos de aquellas leyendas, no sus historiadores; volvernos Holmes, no Watson.

Mi primera señal de una rica historia diferente, sucedió en un contexto totalmente distinto: aprendiendo geometría euclidiana. La ideología de progreso fue fuerte en los párrafos del libro y con este la inexplicable e inconfundible implicación de que si es nuevo es mejor, viejo es malo y más viejo es peor. Aún aquí, hubo argumentos y conclusiones –– los argumentos mas lúcidos y las más impulsivas conclusiones que jamás haya visto –– que pretendieron estar por encima hace dos mil años. Yo busque a “Euclides” en la enciclopedia mundial y leí y releí ese artículo hasta que las páginas estuvieron con las esquinas dobladas y corridas. Gaste la mayor parte de noveno grado tratando de trazar un ángulo con regla y compás. Hice que mis padres se distrajeran, insistiendo en demostraciones o afirmaciones tales como, “debes tender la cama en las mañanas.” Años después, aprendí como muchas de las figuras en la historia de ciencias y filosofía, ambas mayores y menores, han sido hechizadas por las deducciones tan directas y claras hechas por Euclides. Para muchos de estos pensadores, la claridad y la certidumbre de la geometría se han mantenido en oposición a las vaguedades y la oscuridad de la historia. Pero para mí, los descubrimientos de la geometría euclidiana fueron la rehabilitación, si no el descubrimiento, de la historia; esto me hizo pensar que el presente y el futuro no tienen monopolio alguno en la racionalidad.

Que genuina historia de tal clase de racionalidad (mejor aún, racionalidades), llamamos al que podría ser el descubridor de mis primeros años en la universidad. Tuve la buena fortuna de asistir a una de las pocas instituciones donde la historia de ciencias ha sido cultivada en su propio derecho, con un pequeño pero enérgico departamento dedicado a este estudio, y donde ha estado integrada con rigor e imaginación en muchas clases introductorias a ciencias. Mi primer año en Harvard, nunca escuché de la disciplina de la historia de ciencias, por lo tanto fue solamente una casualidad la que me condujera al curso de introducción a la astronomía dictada por el profesor Owen Gingerich. Aprendimos no solamente como hallar latitudes de la estrella polar y como leer los aspectos estelares, además aprendimos los argumentos de Aristóteles para la quintaesencia, la admirable complejidad de los anuncios de Ptomely, como Kepler trianguló la orbita de Marte, las observaciones que llevaron a Planck para la energía cuántica y las observaciones que condujo Einstein a la teoría de la relatividad. Los discursos del Profesor Ginerich, fueron estudiados con vívidas anécdotas y con demostraciones elegantes en el laboratorio, las cuales siempre funcionaron (no fue si no hasta que empecé a dar clases que me di cuenta que esto fue una hazaña limitando con lo milagroso: las leyes de la naturaleza no pueden ser dependientes de lo que se haga en el salón de clase), pero lo más impresionante para mi en ese tiempo y ahora fueron sus explicaciones de teorías científicas pasadas, tan claras y convincentes.

Estas explicaciones fueron reforzadas con ejercicios. No solamente aprendimos acerca de ecuaciones y excéntricos, si no que los aplicamos a la desigualdad de las temporadas; no solamente estudiamos las triangulaciones de Kepler, las repetimos; no solamente escuchamos las pruebas del Profesor Gingerich sobre las leyes de fuerza de Newton y la conservación de los principios de Leibniz, los cuales fueron técnicamente equivalentes; resolvimos problemas utilizando ambas teorías. Las explicaciones nos convencieron de la racionalidad de las teorías científicas antiguas, aún si estaban unidas a presunciones (por ejemplo, la unidad y la armonía del cosmos) que no podríamos palpar. Pero estos fueron los ejercicios que nos permitieron ver el mundo como el marco de esas teorías que han sido vistas, por los ejercicios que nos permitieron categorizar y manipular el mundo como el marco que tenemos. La lección pedagógica fue un comportamiento: pensar en cierto modo, el deber actuar en cierto modo. O en términos diferentes, la visión del mundo comienza tocando el conocimiento.

El curso de astronomía me condujo sobre ciencias de la historia y la filosofía. En el transcurso de mis estudios de grado y postgrado, mis magníficos profesores, incluyendo Bernard Cohen, Erwin Hiebert, Gerald Holton y Dirk Struit, me enseñaron la importancia de ubicar el pensamiento científico en su contexto cultural y filosófico y de una clase de simpatía antropológica con concepciones de una naturaleza diferente a la nuestra. Sin nunca abandonar el precepto que las teorías científicas deben ser razonadamente consideradas de la naturaleza, le mostraron a sus estudiantes como ampliar y profundizar como los campos de la razón podrían ser y han sido. En mi enseñanza posterior, es esta aproximación católica al entendimiento racional de la naturaleza el que ha despertado el interés de la mayoría de los estudiantes meditabundos, de ser entrenados en las ciencias o en las humanidades. Una vez que la historia de ciencias deja de ser la historia del error, se convertirá en la fuente de insospechada perspicacia en el rol de métodos y metafísica para ciencias; una vez que cese de ser la historia de lo inexorable, se convertirá en un ejemplo de las contingencias y complejidades que cautivan a los humanistas.